Preservar la humanidad en la guerra
- Marine Ronzi

- 13 oct 2025
- 4 Min. de lectura
El Derecho Internacional Humanitario (DIH) solo es tan fuerte como las personas que lo encarnan.
Las Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja actúan como puentes vivos entre el derecho y la acción, garantizando que las normas de la guerra sean conocidas, comprendidas y respetadas.
En la Cruz Roja de Mónaco, dirigí la estrategia de difusión y promoción del DIH dentro del mandato histórico y estatutario de la organización, abarcando desde la sensibilización y la formación hasta el apoyo técnico a las autoridades, el incidencia humanitaria y las alianzas estratégicas.
Incluso en un microestado, esta misión tenía un peso considerable: anclar los principios y normas humanitarias a nivel local fortalece nuestra conciencia colectiva a escala global.
Aquí comparto algunos fragmentos de ese recorrido.
Cuando las reglas se ponen a prueba
Según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), el gasto militar mundial alcanzó los 2,44 billones de dólares estadounidenses en 2023, el nivel más alto registrado en la historia.[¹]
Más allá de las cifras, lo que define nuestra época es la fragmentación de los conflictos:
Cuando se utilizan armas explosivas en zonas pobladas, más del 90 % de las víctimas son civiles.[²]
Los grupos armados no estatales se multiplican, difuminando las líneas de responsabilidad.
Y las tecnologías, desde los drones hasta la inteligencia artificial, están redefiniendo los límites del derecho, planteando urgentes dilemas éticos sobre la responsabilidad y la distinción.[³]
Nuevos ámbitos ponen a prueba la resiliencia del derecho humanitario:
Las operaciones cibernéticas pueden interrumpir hospitales o redes de agua, borrando la frontera entre objetivos civiles y militares.[⁴]
El estrés climático y la escasez de recursos son ahora reconocidos como multiplicadores de conflictos.[⁵]
La desinformación mina la confianza del público en las normas y los actores humanitarios.[⁶]
Estas dinámicas se refuerzan mutuamente: un ciberataque corta la electricidad de un hospital; un drone destruye una red hídrica ya debilitada por la sequía.
En otras palabras, están en juego los principios humanitarios de distinción, proporcionalidad y humanidad.[⁷]
Responder a estos desafíos sistémicos exige que el DIH evolucione, conectando los principios jurídicos con la gobernanza de los datos, la ética digital y la protección del medio ambiente.
La fuerza del derecho reside hoy en su capacidad para adaptarse a las nuevas realidades sin perder su esencia moral.
Enseñar, compartir, abogar, preparar
Para que el DIH siga vivo, debe ser enseñado, compartido, interiorizado y defendido.
Esto implica ir más allá de los tratados hacia una apropiación colectiva.
Esta convicción guio mi trabajo: desde la formación en DIH y los métodos de aprendizaje experiencial en Mónaco hasta la incidencia internacional por el desarme, he comprobado cómo fortalecer el derecho humanitario localmente puede resonar a escala global.

En Mónaco, concretamos esta visión mediante formaciones interactivas, educación entre pares, incidencia estratégica y alianzas diplomáticas.
Enseñar las reglas de la guerra es enseñar empatía, claridad y pensamiento crítico.
El DIH debe vivirse y sentirse, no solo memorizarse.
Los enfoques experienciales, en los que se aprende mediante la simulación, la resolución activa de problemas y la reflexión, fomentan una comprensión más profunda y cambios de comportamiento duraderos.

En colaboración con el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), la Cruz Roja Francesa y la Cruz Roja Belga, implementé talleres interactivos en Mónaco dirigidos a jóvenes, docentes y profesionales.
Utilizamos el relato, la simulación y la reflexión, aprendiendo a través de la experiencia vivida.
De la incidencia a la acción

Not a Target es una campaña del CICR que busca proteger a los trabajadores humanitarios y recordar que la protección de los civiles no es negociable.
Pero la sensibilización también puede materializarse en acción colectiva.
Por eso, junto con la Cruz Roja de Mónaco, contribuí a diseñar una estrategia de asociación para animar al Principado a respaldar el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN / TPNW).
Durante cuatro años, entrelazamos movilización ciudadana, participación juvenil y diplomacia humanitaria, conectando una pequeña Sociedad Nacional con una agenda mundial de desarme.
Esta experiencia me enseñó que una acción paciente y coherente puede transformar la conciencia de los Estados, y que incluso las voces más pequeñas, cuando son constantes, pueden mover las normas internacionales.



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